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Hecatombe de una vida digitalizada

.internet, .sociedad, autor: Diego Comments (2)

El otro día Stefan – un viejo amigo mío – me mandó un mensaje vía facebook – que habría vuelto de Sudamérica y ¿si nos ibamos a ver en el casorio de Diego? Y yo le pregunto: ¿Diego se casa? Hacía un montón que no sabía nada o poco de mi otro viejo amigo Diego – fundador de la Regla, sociólogo, periodista, autor y bloggero. Así que a pesar de que no estabamos invitados fuímos con mi novia a Kreuzberg al Heinz Minki y nos alegramos por reencontrarnos y quedamos en vernos pronto para planificar proyectos en común. De ahí viene – además de haber tenido él ya su própia columna “Berlín ultranoches” en mi periódico impreso Luz Verde – que lo invité a participar en entre-vista. Así que aquí los/las dejo con Diego Siegelwachs quien a partir de ahora posteará seguido en este blog:

Empiezo con mi primer aporte en ENTRE-VISTA el día posterior a la hecatombe. Ni bien abrí los ojos ayer fuí por el religioso cafecito matinal, ese que por arte de magia nos devuelve a la vida de los mortales y despiertos. Todo empezaba bien aunque era un lunes a las 7:00, temprano, demasiado temprano. Yo creía haber superado el shock que produce aprender a madrugar. Y, como si los avances en la vida nunca fuesen suficientes, me observé confrontado a un nuevo reto: No había internet.

Quise llamar al servicio técnico de la compañía proveedora, pero me desayuné con el sabor amargo de darme cuenta de que el teléfono funcionaba en base al internet. Telefonía VOIP la denominan. Pensé por un instante de que quizás las iniciales de esta sigla técnica me podrían aportar algún tipo de clave salvadora. Borges, la cábala, el feng shui, horas de terapia gestáltica, nada me ayudó, no había línea.

Fui por el celular dispuesto a pagar caro un llamado pero férreamente convencido de poder torcer mi suerte. ¡ZAS! No funcionaba mi telefonín móvil, por mas iphone que fuera. Hace algunos días había cambiado de un proveedor de telefonía celular a otro. Y muy acertadamente, el día de cambio de compañía era el día en que se descomponía internet. Recordé las Leyes de Murphy y miré por la ventana hacia afuera con la esperanza de que la naturaleza se apiadase de mí.

Desperté a mi compañera que ahora era mi esposa y por ende no podía negarse a hacerme un favor. - Necesito tu celular – le dije en voz baja. Me costó entenderle pero por fin logré divisar su casi obsoleto aparatito. Salí del dormitorio y marqué el numero del servicio de internet. Algo fallaba. Noté de que el celular no tenía cobertura. Un “fuera de servicio” aclaraba mi incógnita.

Sin ducharme me puse la ropa a las apuradas y bajé a un café del barrio con conexión wifi. Milagrosamente  a ellos sí les funcionaba el internet. Abrí Skype a la vez que pedía un capuchino y llamé al servicio de mi empresa prestadora de internet. Pase por varias operadoras automáticas y, cuando por fin estaba esperando a que me atendiese un ser humano, me di cuenta de que no tenía encima mi número de cliente, que, tampoco era el mío mismo sino que era el de mi compañero de departamento. Quise llamarlo pero recordé de que él tenía la misma compañía de celular que mi mujer, aquella que se encontraba sin servicio.

Muchos creerán, debido a que aún no me conocen porque soy nuevo en este blog, de que estas líneas han sido un simple recurso literario de iniciación. Debo desilusionarlos ya que todo los descrito ha sido real. Y si no me creen, pregunten a todos aquellos que tienen a 1&1 como proveedor de internet en Berlín o usan un celular de vodafone qué les sucedió ayer, lunes 23 de mayo del 2011 durante casi todo el día. Pasadas las cuatro de la tarde recobramos la cobertura del celular. Y, en algún momento de la noche, mientras ya dormíamos, volvió a funcionar el internet de 1&1 en Berlín y sus alrededores.

Me sentí algo extraviado e incompleto durante todo un día. No me costó tanto aplazar mis tareas laborales como quizás sí conciliar una cierta intranquilidad latente y constante que se prolongó durante toda la jornada. Una buena borrachera en una confortable cena afuera lograron calmar la angustia: la mía, la de mi mujer y la de mi compañero de piso.

Diego @ May 24, 2011

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